Cuando la mente parlotea, el corazón no está abierto por completo. La mente lo culpa a uno mismo o culpa a otro; se queja de sí mismo: “no soy bueno”, o se queja de que otro no sea bueno. ¿Ves esto? La mente vacila: o está enojada con alguien o con uno mismo; o está enojada con el pasado, lamentando el pasado o está ansiosa por el futuro.
A la mente no le gustan las cosas simples. Quiere complicarlo todo. Y al hacer eso, no permite que el corazón sea inocente, simple y natural. Es la naturaleza del ego querer lo difícil.
Pero el corazón es todo lo contrario. El corazón no puede encontrarle falencias a nadie. No puede encontrar errores en uno mismo porque cuando el corazón se disuelve, se abre al infinito, a la divinidad. Si el corazón está abierto totalmente, no encontrarás errores en los demás, porque sentirás a todos parte de ti.
Cuando no practicamos esta habilidad de vernos en los demás, cuando no somos conscientes de ello, entonces nuestra mente está en queja constante. Existen sólo dos opciones: podemos quejarnos en nuestra mente o estar agradecidos. No hay término medio. Tenemos que elegir entre uno u otro. Si estamos agradecidos, no podemos quejarnos. Cuando nos quejamos, es obvio que no podemos estar agradecidos.
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